lunes, julio 19

Una linda mañana [[[Oliver]]]

Romina corría por toda la casa, como siempre. Entró a mi cuarto y me sacudió hasta que le arrojé una almohada a la cara, como siempre. Fue con mi tía y le dijo que yo la había golpeado, como siempre. Mi tía vino y me jaló de los pies hasta que me caí de la cama, como siempre. Dijo que era un vago y que no tenía derecho de tratar a Romina de esa manera, porque ella era una niña y sólo quería jugar conmigo... como siempre.

–Controla a tu maldita bestia, entonces –encendí un cigarrillo y ella me miró como si hubiera decapitado a alguien frente a sus ojos.
–A veces me pregunto qué hice para merecerte. Ni siquiera eres mi hijo, no debería estar soportando esto –dijo, con las manos en la cintura—. ¿Me estás escuchando, Oliver? Báñate y lárgate antes de que me dirija a la computadora y te compre un boleto de avión a Canadá.
—Sí que te escuché. Es sólo que no me interesa lo que dices. Tu hija se la pasa molestándome y tú jamás le dices nada, pero claro, el vago soy yo. ¿Ya viste quién está tirada en la alfombra del cuarto de Samantha? Es Hayden. Otra vez. Y claro que a ella no le dirás nada, porque es preferible que una borracha sin oficio ni beneficio vomite tu baño, a que tu sobrino, sangre de tu sangre, pida un poco de paz por una maldita noche.
—Es la una y media de la tarde, Oliver —dijo, sin importarle mi comentario anterior—. Levántate de una vez.

Dejé que el humo que salía de mis pulmones rozara el rostro de mi tía. Ella se enfureció y salió de mi habitación con Romina pegada a sus faldas. La pequeña me hizo una mueca antes de cerrar la puerta y yo le enseñé el dedo corazón. Esa mocosa era tan diferente a su hermana que resultaba casi imposible creer que compartían el ADN. Enrollé el edredón en mi cintura y fui al cuarto de Sam, entré sin tocar antes y me arrepentí enseguida; Hayden estaba tirada en la alfombra, tal y como le había dicho antes a mi tía, pero no traía blusa y la falda descansaba plácidamente en el tocador de mi prima. Me eché a reír y le puse el pie en la mejilla, golpeándola suavemente con él para que se despertara. Luego de un rato le puse el cigarro debajo de la nariz y se despertó echando maldiciones.

—Diablos, Carter, ¿qué te sucede? Es demasiado temprano como para que estés ya inhalando esa porquería. Existe el cáncer de pulmón, ¿sabes? Se te secan los genitales y se caen.
—¿Qué tiene que ver eso con el cáncer de pulmón, amada mía? —pregunté en tono burlón.
—¿Eh?

Samantha entró por la puerta y se echó a reír en cuanto escuchó lo que dije. Tomó la falda de Hayden del tocador y se la arrojó a la cara antes de sentarse en la cama, junto a mí.

—¿Para qué tanta ropa negra, si traes calzones de colores? —preguntó ella sin poder aguantar la risa—. No creo que las medias de red combinen con ropa interior color arco iris, Hay.
—A la mierda —dijo ella—. ¿Saben si anoche hice algo de lo que deba arrepentirme? Después de que me tomé la quinta absenta ya no recuerdo mucho.
—¿Además de que dejaste que te manoseara un borracho calentón? —pregunté.
—Ughh...
—¡Oh! ¡Yo tengo otra! —Sam alzó la mano, como pidiendo la palabra—. Besaste a Oliver tantas veces que casi vomito en el tablero del coche.

Ambos nos echamos a reír cuando vimos la cara de Hayden. Su rostro cambió de color y se puso la falda de inmediato, antes de sacar la blusa de debajo de la cama y ponérsela también. Se levantó del suelo y atrapó mi rostro entre sus manos, haciendo que la mirara directo a los ojos. Samantha no dejaba de reír, pero yo me quedé helado en cuanto Hayden abrió la boca para hablar.

—Escúchame bien —dijo—. Si alguna vez le dices a alguien, o te atreves a recordarme lo que hice, te voy a vender por kilo en la primera carnicería que vea, ¿está claro?
—Sólo si me das un beso, amor —contesté. Ella me soltó, tomó su bolso y bajó corriendo las escaleras.

Sam fue tras ella sin dejar de burlarse, pero yo tuve que ir más lento para no tropezarme con el edredón que aún llevaba enrollado en la cintura. El teléfono sonó antes de que pudiera encontrarme con ellas en la cocina, y como nadie tuvo la decencia de ir a contestar, me acerqué y oprimí el botón de altavoz.

—¿Qué? —pregunté.
—Hola, hermano, ¿te importaría decirme qué hago en el coche de Samantha?
—¿Bruno?
—No, el hada de los dientes, Oliver, ¿tienes alguno que me puedas dar a cambio de una moneda?
—Vamos a desayunar, ¿vienes?
—De hecho estaba pensando en quedarme aquí, ¿sabes? Me gusta descansar en la parte de atrás de un auto con el sol golpeándome la cara cuando estoy crudo.
—Fue tu culpa. Me sorprende que no te haya dado un ataque cardíaco ni nada parecido. ¿Qué tanto fumaste anoche? Estabas emocionadísimo con la máquina de burbujas.
—Ni me lo recuerdes. Prepárame unos hot cakes, ¿no? Entro enseguida.
—Vete al diablo, Bruno, entra y prepárate tu propia comida —oprimí el botón de nuevo y colgué.

Unos segundos después abrí la puerta para dejar entrar al muñeco de trapo que decía ser mi mejor amigo. Me pregunté dónde estarían mis tíos y Romina, pero la verdad era que no me importaba ni un rábano. Podían irse derechito al infierno si querían.

—Lindo atuendo —dijo Bruno mientras caminábamos hacia la cocina. Me quitó el cigarrillo y le dio unas cuantas fumadas antes de devolverlo. Lo tiré en el bote de basura porque, por más que fuera mi amigo, el aliento de Bruno era peor que el de una nutria.
—¿Segura? Mhmm... creo que sí. Bueno, sería mejor que nos viéramos en casa de Sebastián, ¿no? Ah, por supuesto. Sí. ¿Hoy? No sé. Vete al carajo, Violeta. Pues vaya bromitas las tuyas, y ahora que recuerdo, me debes una buena explicación acerca de... ¿Qué? ¿Oliver? ¿Para qué? Oh, vamos, él no va a decir nada, se los puedo asegurar. ¿Qué? No, claro que no. Bueno, ¿y qué piensan hacer? ¿Lavarle el cerebro? No seas idiota, Violeta. ¡No es cierto! Ahora que lo pienso, él podría ayudar. Sí, te odia a ti, pero a mí no. Entonces que nos maten a todos. Ah, tírate de un puente, maldita obsesiva.

Samantha colgó el celular y nos miró sorprendida cuando se percató de que habíamos escuchado toda su conversación. Hayden estaba demasiado distraída mirando cómo se calentaba su taza de café en el microondas como para prestarnos atención alguna, pero pude ver que sus hombros se tensaron en cuanto notó nuestra presencia en el lugar.

—Hablando con tus amigos raros, ¿eh? —dije.
—Parece que se traen algo entre manos —observó Bruno.
—Eso no te importa —dijo Hayden, que de pronto pareció restarle importancia al microondas.
—Estaban hablando de mí. La rara y Sam. Así que, sí, Hayden, me importa y mucho.

Violeta. Esa chica había hecho que mi hermosa y perfecta nariz se viera chueca. Había dejado una marca de sus asquerosos dientes en el dorso de mi mano derecha. Y había provocado que Samantha y yo nos peleáramos por primera vez en la vida. Antes era cuestión de apoyar a Bruno, pero ahora era algo personal. Cuando Bruno me contó lo que había pasado entre él y Jonathan, me dediqué a fastidiarles la existencia a él y a todos sus amigos sólo por diversión. Ni siquiera me interesaba odiarlos de verdad, porque jamás me habían hecho nada a mí. Pero ahora todo era diferente.

Ella era algo atractiva. Recuerdo que la primera vez que la vi hasta me gustó porque parecía odiar a todos y jamás dejaba que un chico se le acercara a menos de diez metros de distancia. Me parecía extraña, pero original. Luego me di cuenta de que le encantaba llamar la atención haciéndose la víctima siempre. Las mujeres así nunca fueron mi tipo, así que una semana después de su llegada, dejó de interesarme por completo. Entonces las peleas con Jonathan se hicieron parte de la rutina, y por consecuencia también lo fueron las visitas a la oficina del director y las amenazas de expulsión. El muy idiota se maquillaba los moretones de la cara, como si la gente no fuera a notar que era un perdedor, de cualquier forma.

—Sam, ¿ya le llamaste? —pregunté de pronto, recordando nuestra conversación de anoche.
—No... estaba pensando... —ella dudó un poco, miró a Bruno y Hayden, quienes se habían enfrascado en una conversación de lo más banal, y prosiguió—. Estaba pensando en hablar con él más tarde, hoy Hay y yo vamos a ir a su casa y...
—¿Hay y tú?
—Oliver... —ella miró de nuevo a los chicos y se acercó un poco más a mí, colocando sus labios cerca de mi oído—. Se supone que nadie además de nosotros debe saber esto, pero... si me pasa algo...
—¿Cómo que "si te pasa algo"?
—Vamos a... me refiero a Jonathan, Vio, Sebas, los tórtolos imbéciles, el enano ñoño, Walter, Hay y yo...
—¿De qué, maldita sea, estás hablando, Samantha?
—Vamos a meternos a la casa de un señor muy importante, ¿sí? Alguien que con sólo tronar los dedos podría mandarnos a todos a la guillotina. Vamos a robarle unos papeles y nos van a pagar por ello. Hayden, Walter y Jonathan lo están planeando todo muy bien, pero existe la posibilidad de que nos atrapen y nos maten o algo parecido. Si lo hacen... si me pasa algo... yo quiero que seas tú quien lo arregle todo, ¿sí? No quiero un funeral donde mi ataúd esté rodeado de ancianas chillonas, mejor has una fiesta. Quiero que lleves mi ataúd a La Cueva, quiero que pongan música de Crystal Castles y que todos los invitados fumen porros mientras bailan...
—¿¡Qué diablos te pasa!? —grité—. ¡No vas a ir con ésos imbéciles a arriesgarte como si no importara nada más! ¿¡Qué hay de tu familia!? ¿¡Qué hay de tu madre, de Hernán, de Romina!? ¿¡Qué hay de mí!? ¡No vas a ir a un lugar donde es seguro que te van a matar, sólo por diversión, Samantha! ¡No lo harás! ¿Y qué clase de amigos te has conseguido, si te invitan a participar en un suicidio colectivo? ¡Ni siquiera yo soy tan idiota, por el amor de Dios!

Bruno y Hayden habían interrumpido su conversación para escuchar mi letanía. Samantha me miró con los ojos como platos y gritó mi nombre unas veinte veces cuando salí de la cocina y fui a mi cuarto. Me puse los pantalones, una camiseta negra y la chamarra de cuero que apestaba a marihuana por la noche anterior. Me coloqué las botas y salí hecho un vendaval en dirección a la puerta, prendiendo otro cigarrillo en el camino. Sam me tomó por el brazo antes de que abriera la puerta del auto y me hizo mirarla.

—¿Adónde vas, Oliver?
—A casa de tu amiguito Jonathan. Le voy a pedir amablemente que se vaya a sugerir idioteces a otra parte, porque nuestra familia ya tiene suficientes problemas —me solté de su agarre y entré al auto.
—Jonathan no está en su casa, Oliver, está con Violeta y tú no sabes dónde vive ella.

Salí del auto y entré a la casa de nuevo. Fui hasta la cocina con Sam pisándome los talones, y me acerqué tranquilamente, como si nada pasara, a Hayden.

—¿Está bueno el desayuno? —pregunté.
—Delicioso —dijo ella, tomando un trozo de comida para llevárselo a la boca.
—Oye, Hay, ¿tú sabes dónde vive Violeta?
—¿Te acuerdas de la casa que me gustó un día que me llevaste al concierto de U2?
—La enorme con las ventanas negras.
—Ella vive en el edificio de enfrente.
—¿Ah sí? ¿Y vive en el primer piso, o más arriba?
—Pues no tengo la menor idea, cada que vamos es Walter quien nos dice dónde bajar y yo nunca he puesto atención en el número que aprieta en el ascensor... Yo creo que los señores que abren la puerta han de conocerla —comió otro bocado y me miró, pensativa—. Y a todo esto, ¿tú para qué quieres saber dónde vive Violeta?

Di la media vuelta, quité a Sam de mi camino, y salí otra vez de la casa para meterme al auto. Lo encendí y dejé a mi prima gritando maldiciones en la acera. Por lo poco que entendí, ella iba a descuartizarme en cuanto regresara.

Ese Jonathan podía ser un lindo costal de Box y eso me divertía, pero si se metía con mi familia, yo iba a hacer algo más que dejarle el ojo morado.

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