sábado, febrero 27

No me puedo partir en dos.

"La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes." Dijo alguien en alguna parte algún día... y era justo lo que me pasaba a mí. Cuando tenía quience años y comencé a recibir cartas de un "admirador secreto" le conté todo de mi vida porque de verdad creía en el príncipe azul, y ¿qué podría ser más romántico que conocerlo por medio de cartas anónimas? Mi plan era enamorarme. Yo creía que estaba enamorada de él a pesar de que no tenía idea de quién diablos era, ni dónde diablos vivía, ni qué diablos hacía de su vida. Entonces trató de matarme y mi plan se fue por el retrete.

Cuando comenzaron a llegarme cartas de un chico al que bauticé como "el chico de la fuente", tenía curiosidad por enterarme de quién era, pero lo único que sucedió fue que no recibí más cartas. Jonathan sabía quién era él, y justo por esa razón ya no tenía miedo de que un día se apareciera en mi casa o me citara en algún lugar y me apretara el cuello hasta que sus dedos se juntaran. Si a Jonathan le hubiese parecido peligroso aquel individuo, entonces me lo habría dicho, o por lo menos no estaría tan tranquilo.

Hacía apenas unos seis meses yo estaba peridamente enamorada del novio de mi mejor amiga. Rodrigo era todo en el mundo para mí, gracias a que mi mundo era algo así como una burbuja de depresión. Yo tenía planeado vivir enamorada de él hasta el día en que me arrojaran a una caja negra y me enterraran seis metros bajo tierra... luego de eso me enamoré de mi mejor amigo y Rodrigo pasó a ser algo más que una molestia.

De acuerdo con la filosofía de John Lennon, lo que a mí me sucedía definitivamente se llamaba "vida".

Habían pasado algunas semanas desde que Jonathan había reunido a los chicos en mi apartamento para darnos a conocer que aceptaría el caso "Ricky Ricón". Al parecer no todo lo haríamos tan rápido como Ricardo Ricón -el padre de Ricky- habría deseado, porque a pesar de que éramos un grupo relativamente grande de adolescentes impulsivos y testarudos, sabíamos que Octopus -el malo de la historia- podría deshacerse de nosotros en menos de un segundo si averiguaba lo que planeábamos hacer. Y es aquí donde John Lennon viene a patearme la cara con su filosofía, porque si la vida es "aquello que sucede mientras te empeñas en seguir otros planes" entonces a nosotros nos iba a ir muy, pero muy mal.

Estaba en mi clase de filosofía, tenía la cabeza escondida debajo de mi mochila y estaba medio encogida junto a Jonathan para que la profesora no notara el hecho de que prefería dormir que escuchar sus toerías acerca de la vida y la muerte. Para mí la vida era nada más un accidente del universo, y la muerte era dejar de funcionar y por lo tanto desaparecer... sólo que a ella le parecía que yo debía cerrar el pico y dejarla dar su clase.

--Los animales no piensan --decía--. Si hay algo que ocurre en su cabeza, entonces eso se llama de otra forma, pero el pensamiento es de humanos nada más.
--Es que usted está diciendo que como somos humanos somos superiores, y luego se contradice con que todos somos animales... --refutaba Eva, una chica de color con el cabello más envidiable que yo hubiese podido ver alguna vez en mi vida.
--A ver, no me estás entendiendo --continuó la profesora--. Yo no digo que en su cabeza no pase algo ¿me explico? Pero si ven imágenes y algo les pasa, eso no se llama pensar. El pensamiento es lo que nos hace diferentes de los animales, no superiores. Eva, ¿tú crees que un animal se pone a imaginarse qué habrá después de la muerte? ¡Pues claro que no! Porque un animal ni siquiera sabe que se va a morir... no tienen conciencia de ello.
--¿Ya ha hablado con algún animal? Porque no sé cómo puede estar tan segura de eso, entonces.
--¡Es que no es cosa de hablar con uno y preguntarle! --gritó la profesora, fuera de sus casillas.
--No es ofensa, profesora, pero no estoy de acuerdo con usted... no sé, yo pienso diferente.
--Porque tú piensas de una manera muy infantil, Eva.

Eva se quedó callada. Alcé la cabeza para poder mirar su rostro y el de la profesora. Eva mostraba una sonrisa de suficiencia, como si por su cabeza estuvieran pasando cosas que, si las dijera, le ganarían una suspensión o algo por el estilo; mientras que por el rostro de la profesora cruzaba aquel sentimiento que a Eva le daba la satisfacción que una siente cuando gana la discusión: ira.

--Lean "Justificación del placer" de Sade --dijo ella, luego de algunos segundos de silencio--. Lo vamos a discutir la próxima clase... Violeta, faltaste el día de tu exposición, pero ya me dieron tu justificante, así que antes de Sade tú expones.

Asentí, maldiciendo la hora en que se me ocurrió levantar la mano cuando la profesora preguntó quién quería exponer artistas del romanticismo para subir calificación, el hecho era que ahora no iba a exponer a ningún poeta o pintor, sino al Marqués de Sade. Jonathan me dio una palmada en la espalda para que me levantara, y ambos salimos del aula.

--¿Recuerdas algún día en que Eva no haya estado en desacuerdo con la profesora? --preguntó él, mientras tomaba mi mano y entralazaba sus dedos con los míos.
--No --contesté--. Creo que es su único propósito en la vida.
--Cerca --dijo una voz detrás de nosotros.

Jonathan y yo volteamos y nos dimos cuenta de que no habíamos esperado lo suficiente como para empezar a hablar de la clase. Eva saludó a una chica que estaba esperándola fuera del salón y luego le sonrió a Jonathan.

--Mi propósito en la vida es hacerle entender que los animales no son inferiores a ella --sonrió--. Y la muestra está en que la pobrecilla se enoja a la menor provocación.
--Cualquiera se enfadaría --dijo Jonathan.
--Pero no cualquiera se cree mejor que un cachorrito o que un elefante. La pobre no sabría qué hacer si la pusieran frente a un león... ¿quién sabe? Tal vez lo convencería de que las pasiones tristes como la violencia no lo llevarían a nada bueno.
--O tal vez le diría que tiene una alumna que quisiera conocerlo para tomar el té juntos, dada la gran educación de semejante ejemplar.
--Tal vez... tal vez nos la cenaríamos a ella --dijo Eva, al tiempo que caminaba en dirección opuesta a nosotros.

Jonathan me sonrió y yo lo miré con las cejas enarcadas. Se estaba burlando por mi mueca de asombro, pero ¿qué esperaba? Esa chica estaba algo... loca.

--No deberías tomarte todo tan enserio --dijo él--. Eva es algo rara, pero ¿tú crees que se comería a la profesora? Eso sólo pasa en las películas de terror, Vio.
--En las películas de terror hay locos queriendo matar personas, y ¿sabes qué? En la vida real también.
--Preocúpate cuando la veas tomando el té con un león --bromeó.
--Qué gracioso --contesté mientras ponía los ojos en blanco.

Caminamos unos cuantos metros antes de toparnos con Walter, quien últimamente traía para todos lados a su hermana Hayden y a Samantha, que seguramente no tenía más amigos.

--Walt --saludé--. ¿Qué hay, Hayden, Sam?
--Hola --contestó Walter.
--¿Cómo estás, Jonathan? --a mí me ofendió que el saludo no se extendiera hacia mi persona.
--Bien, Hayden, ¿no tienes clase?
--Educación física --dijo ella, con una mueca de asco que me hizo sonreír.
--Hoy hay que estudiar después de clases --dije, celosa de que a él le preocupara tanto la niña.
--Nosotros dos --dijo Jonathan--. Nada más nosotros dos.
--¿Por qué tienes que ser tan cabeza dura? Ya la invité, Jonathan. Deberías ser bueno y portarte mejor con ella.
--Y tú deberías abrir los ojos, ver cómo es en realidad y luego mandarla al diablo.

Me puse de puntitas y coloqué mi mano libre en su rostro antes de besarlo. Samantha hizo un sonido desagradable y Walter se echó a reír diciéndole que lo superara, que era un beso nada más y que las personas normales no se sorprendían por una cosa tan simple. Cuando Jonathan comenzó a besarme de aquella forma en la que estaba recordándose a sí mismo que nos encontrábamos en un lugar público y que no había ninguna cama cerca para hacer eso que no habíamos tenido oportunidad de hacer... retiré su rostro y me alejé de él, aunque mantuve mi mano en la suya.

--¿Eso te gustó? --pregunté. Como respuesta, él se acercó para besarme de nuevo, pero yo eché mi rostro hacia atrás--. ¿Te gustó?
--Ya sabes que sí --contestó.
--Bueno, si quieres más de lo mismo, entonces vas a tener que portarte bien con Casandra ¿está bien?
--¡¿Qué?! --gruñó--. ¡Eso no es justo!
--Son mis reglas.
--Al diablo con tus reglas --. Intentó besarme de nuevo, y de nuevo me alejé de él.
--Al diablo con los besos, entonces --sentencié.
--¿Si trato bien a esa maldita bruja vas a dejar esta tontería de lado? --preguntó, molesto.
--Si tratas bien a Casandra, voy a dejar esta tontería de lado --corregí.
--Ya sabes que va a ser lo más hipócrita del mundo, ¿no? --asentí y él continuó--. Está bien...
--Lo tienes donde lo quieres, chica --rió Samantha, que miraba a Jonathan con cara burlona.
--Cierra la boca --dijo él antes de besarme para mostrar que ella estaba en un error.

Walter carraspeó cuando retiré mis labios de los de Jonathan y asintió a nuestras espaldas. Jonathan miró hacia la dirección en que su amigo asentía con una discreción infructuosa, e inmediatamente un sonido de asco brotó de su garganta.

--La maldita bruja quiere pasar tiempo con su amiga --dijo Casandra, que se paró junto a mí antes de que yo pudiese mirar en su dirección.
--Si no me tuvieran amenazado, tendría una excelente respuesta para eso --dijo Jonathan.

Él soltó mi mano y pasó el brazo por los hombros de Walter, luego Hayden y Samantha echaron a andar hacia la cafetería. Miré a Jonathan cuando estuvo junto a su amigo, esperando que me tomara de la mano de nuevo y me llevara a donde quiera que tuviese pensado ir... pero eso no pasó.

--Lo de los besos ya es suficiente castigo --murmuró--. No voy a desperdiciar mi tiempo con ella.

Luego él y Walt caminaron detrás de Hayden y Samantha, dejándome ahí parada. Genial. Ya había comenzado el asunto de ella-o-yo que tanto temía. Bueno, verdaderamente prefería eso a que...

--¿Y tú qué haces aquí? --pregunté--. Se supone que Cass y yo vamos a pasar tiempo de amigas. Solas.
--Nadie dijo nada acerca de eso, Vio --intervino Casandra mientras Rodrigo le pasaba un brazo por la cintura.

Doblemente genial. No sólo había ahuyentado a mis amigos y a mi novio... ahora también tenía que pasar mi tiempo de amigas con Rodrigo. Rechiné los dientes y apreté los puños. No tenía la más mínima intención de estar cerca de él, pero tampoco quería dejar a Cass.

Tal vez ahora entendía cómo se sentía Jonathan con todo este asunto...


viernes, febrero 19

Cambio

Diego y yo nos habíamos desmayado (en el sentido figurado de la palabra) en el sillón del cuarto de televisión. Él había llegado más o menos dos horas después de que Sebastián y Jonathan se fueran a sus casas y había traído consigo una película de acción. Yo estaba cansada a pesar de que no había hecho mucho durante los últimos días, y ambos nos dormimos antes de que la película llegase a la mitad. No estoy segura de cuánto tiempo pasó antes de que nos despertara el odioso sonido de su celular.

Ambos nos movimos en nuestros lugares y nos quejamos porque se nos habían entumido los músculos; él estaba medio sentado en el sillón y la mitad de mi cuerpo descansaba sobre sus piernas en una posición bastante incómoda.

--¿Sí? --susurró Diego al contestar el teléfono, con su voz adormilada--. No. Claro. ¿Ahora? No estarás hablando en serio, Sarah... quiero decir... señorita Salazar. Está bien. La veré mañana.

Mi hermano colgó e hizo una mueca de asco cuando guardó el aparato en el bolsillo de su pantalón. Me reí cuando me di cuenta de que él traía puestos unos pantalones de vestir, camisa blanca y saco, y que su corbata descansaba medio anudada en el brazo del sillón. Antes mi hermano sólo vestía jeans y camisetas con mensajes subliminales y dibujos raros, pero ahora siempre usaba traje y todo el tiempo tenía que contestar su celular, no importaba si estuviese en el baño o durmiendo.

--¿Tu jefa? --pregunté.
--Sí... es una loca. El otro día... digamos que...
--Te acostaste con ella --afirmé.
--Sí --admitió, con las cejas caídas y los dientes apretados--. Y ahora me trata como si fuera su perro.
--Sólo a ti se te ocurre hacerlo con tu jefa, Diego.
--El problema es que no fue mi culpa... del todo --dijo, mirando hacia la nada--. Ella dijo que yo era guapo, luego le dije que era muy hermosa, nos besamos y...
--Créeme, no quiero detalles --aseguré.
--Claro... El punto es que ahora me da más trabajo que antes y me pide reportes que ni siquiera me corresponden. La odio. Es una bruja loca.
--Si mantuvieras tus hormonas a raya, entonces todo sería más fácil, ¿no crees?
--Deberías agradecer que ya no traigo mujeres a la casa.
--Sí... creo que definitivamente agradezco eso.

Antes, cuando mi hermano conquistaba a una nueva chica, yo tenía que sufrir las consecuencias: una larga noche sin dormir y escuchando cosas que no tenía que escuchar.

--Yo... estuve... con Jonathan... en... --tartamudeé.
--¡¿Lo hiciste con Jonathan?! --gritó él, mientras se apartaba de mí y se paraba junto a la mesa, cruzando los brazos sobre el pecho. Ahí estaba: la actitud de hermano responsable.

Pero era mi culpa. ¿Por qué le estaba diciendo esto a mi hermano? Antes Diego y yo casi nos odiábamos, o por lo menos él me odiaba desde que tuvimos que mudarnos de ciudad porque un loco quiso matarme. Diego jamás me perdonó que por mi culpa lo hubieran separado de Melissa. Él la quería y demasiado. Antes, cuando yo era una niña de quince años, él me aborrecía porque tal vez si no me hubiese salvado la vida esa noche él seguiría con Melissa y tendrían unos lindos niños de cabello castaño. Si Diego no me hubiese seguido hasta aquel club, si no hubiese apartado a aquella bestia estranguladora de mí... bueno, digamos que su vida no habría sido tan deprimente después de eso. Tal vez no tendría a su hermana, pero Melissa seguiría con él, lo que significa que el amor de su vida seguiría con él. Luego de que nos mudamos esta ciudad, mi hermano y yo dejamos de hablarnos, o por lo menos de respetarnos. Al principio me dolía que me tratara como a una cucaracha, pero con el tiempo me acostumbré y ambos nos hacíamos la guerra mutuamente; igual que papá y mamá.

--Yo... no exactamente --susurré.
--¿¡Qué diablos estabas pensando, Violeta Lazcano!? ¡Eres una niña, por el amor de Dios! --gritaba él, agitando las manos en el aire--. ¿¡Quieres contagiarte de algo!? ¿¡Quieres embarazarte!? ¡Violeta! ¿Al menos usaron un condón?
--¡Oye! --lo interrumpí, esforzándome al máximo por no llorar mientras los gritos que salían de mi garganta me ardían como el infierno--. ¡No lo hice con él! Además tú tienes toneladas de sexo todo el tiempo y yo nunca te digo nada, así que ¿por qué diablos debería permanecer virgen hasta el matrimonio? Eres un imbécil, Diego. Quería hablar contigo, pero ¿sabes qué? Olvídalo.

Lo miré unos segundos y luego él se sentó de nuevo en el sillón. Yo respiraba agitadamente por la boca y el aire frío me ardía en la garganta. Mi hermano me miró a los ojos y luego exhaló.

--Está bien --dijo--. Lo siento. Eres mi hermana y eres pequeña, así que me preocupas ¿sí? Pero es todo. No eres una idiota ni nada por el estilo, ya sé que soy un poco paranoico pero... ¿Jonathan? Qué asco, Violeta, ese tipo no te merece.
--¿Ah no? ¿Y de cuándo a acá te cae mal Jonathan?
--Desde hoy. Cuéntame qué pasó.
--¿Te vas a poner histérico?
--No.
--Bueno --inicié--... Vino Cass para hacer las pases y entramos a mi habitación para hablar. Entonces no recuerdo qué pasó, pero Jonathan dijo que iba a irse y ¿sabes? No sé por qué le dije gracias, tal vez porque no me dejó sola con Cass y ese tema tan vergonzoso... el punto es que vino y me besó, y a mí me dio algo en el pecho y en la barriga, entonces Casandra dijo algo acerca de que no nos manoseáramos y Jonathan la corrió de la habitación... Luego la cosa de mi barriga se me subió a la cabeza, como cuando tomas mucho y no sabes lo que haces, y sentí que él estaba muy lejos de mí, a pesar de que me tenía apretada contra su cuerpo... así que le quité la camiseta y...
--¿Segura que no quieres parar? Porque lo que me estás diciendo me va a dejar imágenes que no quiero conservar en mi cabeza. Te juro por mi vida que lo que menos quiere un hombre es imaginarse a su hermana acostándose con su novio.
--¿Te cuento o no? --pregunté, con las mejillas encendidas.
--Está bien... pero cuando creas que e demasiada información (tanta que ni yo la pueda procesar), entonces deja de hablar.
--Después él se deshizo de mi blusa sin que yo me diera cuenta y para cuando regresé a la realidad ya estábamos en la cama besándonos como enfermos y yo estaba diciéndole "te amo"...
--¿¡Qué!? --mi hermano quitó la cara de asco y la reemplazó con una de terror-- ¿¡Qué fue lo que le dijiste!?
--No vas a hacer otro drama por eso ¿o sí? --pregunté.
--No... Es sólo que hace un rato lo vi aquí. ¿Quedaron como amigos o algo así?
--¿Quedar? ¿De qué maldita sea hablas?
--Pues cuando una chica te dice "te amo" es un excelente momento para terminar con ella. Y más si te lo dice cuando están a punto de tener sexo. ¿Quedaron como amigos? ¿Estás deprimida o algo por el estilo?
--No terminamos --lo miré, confundida.
--¿No? --ahora él parecía treinta veces más confundido que yo--. ¿Y qué dijo él?
--Pues primero se me quedó mirando, luego yo me levanté con ganas de deshacerme la cabeza a golpes y unos segundos después él estaba parado atrás de mí diciendo que no se podía creer que se lo hubiera dicho. Y me dijo que me amaba, pero no me lo decía porque no sabía si yo sentía lo mismo.
--Guau.
--¿Qué?
--Es lo más cursi y empalagoso que he escuchado en mi vida... y mira que he escuchado muchas cosas ridículas --él me miró pensativo y luego continuó--. ¿Y por qué le dijiste eso? Según tú, él nada más era algo así como una distracción para desembobarte de Rodrigo ¿no?
--Yo creo que... Bueno... Jonathan siempre ha estado conmigo. Él sabe todo de mí, incluyendo las cosas que jamás en la vida le diría a Cass, y creo que estaba tan estúpida mirando a Rodrigo que nunca me había detenido a pensar en Jonathan. ¿Sabes qué pienso? Que ya lo quería antes de que me besara ese día en la escuela... creo que ya lo sentía, sólo que no me había dado cuenta. Eso o tal vez me enamoré así de él luego de que empezamos... no sé... pero sí te digo que se lo dije en serio. Sí lo siento...
--Eso no está bien --musitó.
--¿Por qué? ¿Porque lo único interesante en el planeta es el sexo y todo se arruina cuando hay amor de por medio?
--No.
--¿Entonces?
--No está bien porque cuando quieres a alguien y cualquier cosa hace que lo alejen de ti... bueno, es como si te patearan el pecho cada vez que te acuerdas de su nombre.
--¿Y cómo sabes que a Jonathan y a mí nos van a separar? ¿Qué tal si nos quedamos juntos toda la vida y nos pasan esas cosas de las películas? --bromeé.
--El amor no es así, Vio --aseguró, serio--. Tarde o temprano uno de los dos deja de querer y el otro se queda hecho papilla en un rincón. De veras no quiero que a ti te pase eso.
--No me va a pasar, ya verás que no --aseguré.

Mi hermano cerró los ojos y creo que comenzó a quedarse dormido, pero en esos momentos mi cabeza era una revolución y tenía que preguntar.

--¿Diego?
--¿Mhhmm?
--¿Crees que yo también cambié?
--¿También?
--Sí --dije, insegura de pronto--. Me refiero a que antes tú eras un tarado sin corazón y ahora eres este nuevo Diego responsable y paranoico que no quiere que su hermana sufra. Antes Cass confiaba en mí y siempre me decía todo, ahora que nos volvimos a hablar la noto distante y precavida. Jonathan era despreocupado y siempre decía que yo podía hacer todo, ahora es como un clon tuyo, sólo que más guapo e inteligente...
--Sí. Tú también cambiaste, Vio, pero creo que cambiaste para bien.
--¿Sí?
--Claro --aseguró, sin abrir los ojos aún--. Aunque a mí me gustaría que volvieras a ser la de antes.
--Según mis conjeturas ahora soy más tonta, cursi y paciente... ¿quieres que vuelva a ser agresiva, desconfiada y cínica?
--No. Yo me refiero a mucho antes.

Entonces comprendí. Me tragué el nudo que se formó en mi garganta maltrecha y agradecí que él no pudiera ver mi expresión.

--No puedo --dije de pronto, en un susurro--. Ya no puedo ser así, Diego. Ni por más que lo intente.
--Eras la chica más feliz en el planeta. Luego vino él y dejaste de creer en el mundo. Dejaste de querer a quienes te queremos y te apartaste de todo y de todos. A veces pensaba que Jonathan tenía suerte porque a pesar de que lo conociste luego de venir aquí, le diste toda tu confianza, le contaste el por qué de tus pesadillas y de tus ataques de pánico repentinos... a mí jamás me tuviste ese cariño.

Mis mejillas parecían un incendio. Me ardían los ojos y sentía una bola en la garganta que, si la dejaba permanecer ahí, obligaría a las lágrimas a salir.

--Tú no me querías --me parecía curioso que justo ahora estuviéramos hablando de aquello que yo había pensado hacía sólo unos minutos--. Porque te alejaron de Melissa por mi culpa. Y me sentía culpable. Sentía que gracias a mí tú eras infeliz... porque tal vez tú no lo hayas notado, pero parecías un zombie cuando caminabas por ahí sin mirar a ningún lado. Me sentía mal cuando me veías con ese rencor y me decías que gracias a ti no me habían matado. ¿Sabes qué? Si ese hombre hubiese hecho lo que quería tal vez tú serías más feliz ahora.

Las lágrimas corrieron por mis mejillas y eso era algo de lo que más odiaba en el planeta. Era humillante. Mi hermano me miró sorprendido y luego negó con la cabeza.

--Nunca vuelvas a decir eso, Vio --sentenció--. Estaba enojado, tenía ira... pero nunca me arrepentí de haberte quitado de encima a ese loco. Nunca, ¿me oyes?
--¿Por qué siempre que comenzamos a hablar de tu vida pasamos a la mía y luego terminamos con un discurso empalagoso? --sonreí.
--Tú misma acabas de decirlo ¿no? Todos cambiamos, y para tu mala suerte, tú te convertiste en la niña amorosa que anda por la vida abrazando a todo el mundo.
--Bueno, a partir de hoy soy la antigua Violeta... la Violeta agresiva, quiero decir.

Todos habíamos cambiado. Y tal vez era lo que necesitábamos para poder aclarar aquellas cosas que nos habían tenido tensos durante años.
sábado, febrero 13

No tenemos un plan, pero sí un equipo. [[[Jonathan]]]

No me gustaba cómo lucía mi casa así de sola. Mis padres habían llamado para decir que durarían fuera más tiempo del que tenían pensado y papá se puso como una fiera cuando le conté lo que había pasado en el restaurante de Teo. Lo desagradable no era el hecho de que ellos no estuvieran aquí, lo desagradable era el hecho de que yo no tenía ganas de hablar con la chica de servicio y ella tenía una extraña y desesperante necesidad de llenar los silencios con peroratas inútiles.

Me metí a la ducha y me entretuve lo que quise debajo del agua caliente. Cuando mamá era una madre normal, solía decir que el agua demasiado caliente provocaba que la piel se aguadara y el cabello se resecara... bueno, esas son cosas que sólo les preocupan a las mujeres, así que la temperatura del agua no era una cosa que figurara en mi lista de preocupaciones. Me gustaba sentir cómo corría por mis brazos y escuchar cuando caía sobre el azulejo. Y pensar que de niño odiaba bañarme.

Un día, luego de mucho batallar, mi madre logró meterme a la ducha entre gritos y sollozos. Creo que se sintió culpable, porque ese mismo día encontré un disfraz de spiderman en el cajón de mi ropa... cuando ella quiso que lo usara para la fiesta de uno de mis primos, lo arrojé a un contenedor de basura que estaba a dos calles de mi casa para que nadie lo encontrara. Cuando mamá notó que su pequeño hijo de seis años aborrecía los cómics, optó por comprarle una gabardina beige, un sombrero café, una lupa y un bigote falso para la fiesta de disfraces... así por lo menos el pequeño yo no parecería un bicho raro cuando anduviera buscando cosas por ahí.

El problema para ella fue que desde entonces no dejé de buscar.

Al salir del baño me puse los calzoncillos y me tiré en la cama. Tenía sueño, a pesar de que me habían dormido un buen rato en el hospital. Hice una mueca de disgusto al recordar cómo me había desmayado en vez de esperar y ver qué sucedía con Violeta. De nuevo me sentí culpable al recordar el sonido de su voz... parecía como si le hubieran hecho tragar un kilo de vidrios y tornillos. Traté de convencerme de que no era mi culpa, de que sólo había sido un accidente, pero a veces lo testarudo me golpea fuerte y no puedo hacer nada para evitarlo.

Estaba comenzando a quedarme dormido cuando sonó la línea fija. ¿Acaso estaba escrito en alguna parte que todos los días de mi vida sería interrumpido antes de quedarme completamente frito? Estiré la mano a regañadientes y tomé el auricular.

--Si eres tú, Walter, te juro que cuando te vea te voy a dar una patada tan fuerte que tendrás que usar un cojín en el trasero durante un mes --sentencié en voz baja.
--Ni yo soy Walter, ni tú eres capaz de golpearme --dijo Violeta--. Te derribaría antes de que siquiera alzaras el pie.
--Que bonita forma de despertar a un guapo joven como yo --bromeé.
--Disculpa si interrumpo tu sueño reparador, cariño, pero Walter llegó desde hace media hora y él y Sebastián se pusieron a discutir sobre los pros y los contras de los colegios ingleses... dicen que debería haber más colegios mixtos por el bien psicológico de los alumnos. Hayden se está acabando todas nuestras reservas de comida y su amiga no para de mirar a Casandra como si quisiera estrangularla; eso sin mencionar que Rodrigo me observa como si yo fuera el núcleo de sus problemas...
--¿Y tú? --pregunté, esforzándome por contener una carcajada--. ¿Estás arrumbada en una esquina como la muñeca fea?
--Sí, qué gracioso --contestó, sarcástica--. Si no llegas aquí en veinte minutos me tiro por la ventana, Jonathan.
--¿Veinte? Ni volando llegaría tan rápido a tu casa...
--Dije veinte.
--Está bien --concedí--. Pero no quiero ver tu cadáver embarrado en el suelo del patio cuando llegue, ¿de acuerdo?
--De acuerdo --dijo ella--. Cuídate, te amo.

Entonces colgó. Ahí estaba de nuevo. El "te amo" que había creído escuchar en la habitación, cuando Vio y yo habíamos estado a punto de... Sí, no era una alucinación ni nada parecido. Ella lo había dicho y yo tenía ganas de pegar una pancarta en el Zócalo para que todo el mundo se enterara. Claro que luego de eso ella se pondría furiosa, yo sería el hazmereír del planeta entero y probablemente me meterían a la cárcel por uso indebido de cursilería en horario familiar. Me conformé con sonreír y mirar el teléfono como un soberano imbécil durante unos segundos, luego de eso me apresuré a vestirme y a buscar las llaves del auto.

No sabía qué era peor. Si el hecho de que Violeta me había dicho aquello que tanto esperaba y que eso me tuviera tan contento, o la repentina inseguridad provocada por eso que habíamos prometido hacer un día de estos. No me podía creer que Violeta me quisiera tanto como yo a ella, y me preocupaba lo que había dicho antes: "Prométeme que nunca vas a pensar que soy una fácil". No sabría cómo tratarla para que por su cabeza no pasara esa estupidez. ¿Fácil? Quiero decir, no es que todo lo que quisiera de ella fuera simple y sencillamente sexo; había pensado en eso alguna vez, pero lo que realmente me tenía atado a ella era algo diferente, algo por lo que no se puede luchar ni necesita lucha alguna: amor. La deseaba porque la amaba, y ella tal vez no era capaz de entender eso, tal vez no podía imaginarlo así, y era por eso que creía que tener sexo era como rendirse....

Al llegar al edificio inconscientemente miré el reloj en el tablero del coche y luego barrí con la mirada el suelo del patio. Habían pasado exactamente treinta y cinco minutos desde que salí de casa y para esta hora tal vez violeta ya era solamente una calcomanía en el piso.

Subí hasta el quinto piso y llamé a la puerta. Medio segundo después Diego apareció del otro lado y salió mientras yo caminaba al interior de su casa.

--¿Te vas? --pregunté.
--¿Bromeas? --dijo él--. Ahí dentro hay una bola de adolescentes salvajes sin correa. Yo tengo que refugiarme antes de que me coman vivo.
--Se suponía que habías ido a trabajar... --recordé, ignorando su comentario.
--Me escapé, pero créeme cuando te digo que prefiero aguantar a mi jefa que estar rodeado de bestias así.

Entré al apartamento cuando él comenzó a bajar las escaleras y casi de inmediato sentí una mano aferrar mi antebrazo como tenaza de hierro.

--Contrólalos tú --dijo Violeta.
--Bueno, ésa no es precisamente la bienvenida que esperaba --espeté.
--Contrólalos y luego hablamos. Si yo tuviera voz ya los habría puesto en su lugar.
--¡Amigo Jo! --cacareó Walter con su acentillo británico.
--Jonathan, ¿tú hiciste que tu novia loca interrumpiera mi película para que viniera?
--Hola Walter --saludé--. Sí, Sebas, quiero decirles algo, pero necesito que nos sentemos todos.

Violeta nos llevó al comedor, que tenía suficientes sillas para todos. Yo me senté a la cabeza y de mi lado derecho estaban Violeta, Sebastián, Casandra y Rodrigo, mientras que a mi mano izquierda se encontraban Walter, su hermana Hayden y la amiga de ésta, Samantha.

--Bien --dije, mientras ponía sobre la mesa un fólder verde que contenía aquel asunto peliagudo al que ninguno de nosotros tres (Violeta, Walter o yo) le había podido encontrar una solución segura--. ¿Cómo empiezo? Los... yo...
--Hay un chico llamado Ricky Ricón --dijo Violeta con su voz rasposa-- que tiene problemas en su casa. Hay dos documentos que fueron robados del despacho de su padre hace más o menos un mes y medio y que tienen que ser recuperados lo antes posible. Ricky llamó a Jonathan para que lo ayudara, pero él, Walter y yo jamás podríamos hacerlo solos... Jonathan quiere que ustedes se unan al equipo. ¿Por qué? No tengo idea.
--Guau, Jonathan, eres un valiente cuando se te necesita y además tienes el don de la palabra --dijo Sebastián mientras me miraba con esa mueca sarcástica y burlona que tanto solía usar--. Eres un hombre ejemplar, amigo.
--Bueno, lo que acaba de decir Violeta es cierto --aunque no estaba seguro de cómo había averiguado ella lo que yo tenía en mente--. Los necesito. A todos. ¿Tienen preguntas?
--¿Por qué diablos quieres que te ayude yo, si ni siquiera sabía de tu existencia? --preguntó Samatha, una chica de cabello raro, vestimenta rara y actitud rara.
--Eh... tú... bueno... eres... Necesitamos fuerza, crudeza. Y créeme que la primera que se me vino a la cabeza cuando junté los adjetivos ruda-fuerte-ruda fuiste tú. A Hayden la elegí porque es inteligente y astuta, además de que tiene su propia dotación de rudeza también.
--¿Y yo, ricitos? --preguntó Sebastián.
--Tú... digamos que tienes la fuerza bruta... eres fuerte y bruto a más no poder. Podríamos necesitar tus músculos para algo.
--Gracias por el cumplido, cabezón --renegó.
--A Casandra no la habría elegido ni en un millón de años, pero como ya estaba aquí cuando se me ocurrió la idea, pues ya no queda mucho por hacer --solté de golpe, mirándola con furia a los ojos.
--Jonathan --susurró Violeta a mi lado, mientras me daba un golpecito en la rodilla, por debajo de la mesa.
--Y bueno, a Rodrigo sólo lo pedí porque tiene cerebro de Mojojojo, y cuando digo esto me refiero a que eres un mandril muy inteligente. Tu cerebro nos serviría para hacer cálculos y esas tonterías.
--En pocas palabras, el cerebro de Hayden, Walter, Jonathan y Rodrigo, y la fuerza de Sebastián y Samantha nos servirían de mucho. Yo entro en las dos categorías, así que no intenten integrarme en algún grupo en específico --bromeó Violeta con su voz de anciano con enfisema.
--Si esos documentos son tan importantes --interrumpió Samantha secamente--, ¿por qué diablos no llama ese niño rico a la policía y se deja de tonterías?
--Porque el padre de Ricky es alguien importante, Sam --dijo Walt--; es un hombre que está metido en el gobierno y tiene mucho poder.
--Pues por eso mismo --intervino Rodrigo, por primera vez desde que llegué--. Si él es alguien importante, ¿para qué querría a un grupo de adolescentes maniáticos a su servicio? Para eso están los federales, el ejército...
--Quien robó los documentos es el jefe de los federales, Mojojojo --dije, contento de que por fin se me hubiese ocurrido un apodo acertado--. Tiene a sus pies a toda la policía y sus contactos están por todas partes, incluyendo al ejército y esas cosas. Este hombre puede mover un dedo y el papá de Ricky Ricón se va al hoyo.
--¿Y los detectives privados? --preguntó Hayden, quien tenía un acento aún más notorio que el de su hermano Walt. Su pregunta me hirió el orgullo.
--Yo soy un detective privado --aseguré.

Sebastián comenzó a reírse y murmuró algo entre dientes que no pude entender.

--Como sea, el hombre no puede acudir a nadie porque...
--Ricardo Ricón --dijo Violeta--. Es más fácil si le decimos así, y que el malo sea Octopus o algo por el estilo. Me molesta que digan todo el tiempo "el hombre", "el malo" y esas cosas.
--Bueno --concedí, con una sonrisa en el rostro--. Si Ricardo Ricón va con algún profesional, entonces Octopus lo hunde, ¿me explico? Octopus es como el dueño del universo.
--Pero Ricardo Ricón es del gobierno ¿no? --preguntó Casandra, y tuve que controlarme para no arrojarle el florero en la cabeza--. Él también tiene que tener contactos.
--A ver, Casandra --dije, buscando en mi cabeza algún apodo adecuado para ella. Tal vez luego le pediría ayuda a Sebastián con eso--, si un gobernante muy poderoso y millonario te ofreciera toda su fortuna a cambio de recuperar sus documentos, y luego viniera el jefe de la policía, que no tiene otro jefe más que el Presidente, y te dice que si tocas esos documentos te vuela la cabeza con una bazuca... ¿a quién apoyarías?

Casandra me miró con los ojos abiertos como platos, igual que todos los demás.

--Exacto --asentí.
--Entonces yo no entro a tu jueguito --dijo Rodrigo--. Y tampoco Cass lo hará. Si ese super-jefe-de-la-policía se entera de lo que tú quieres hacer, nos hará papilla a todos.
--Tiene armas --intervino Violeta, con su voz pastosa--, pero tiene cerebro de pájaro. Lo único que sabe hacer es dar órdenes y volar cráneos... nosotros podríamos despedazar a alguien usando la cabeza nada más. Si no contamos a Samantha ni a Sebastián, nosotros somos los chicos más inteligentes de la escuela. ¿No lo ven? Si planeamos todo bien, ése tipo no podrá hacernos nada y tres millones serán nuestros.

Cuando Vio terminó de decir lo último, todos la miraron como si acabara de decir con certeza qué hay después de la muerte.

--Yo estoy dentro --dijo Samantha sin pensarlo dos veces.
--Donde haya tres millones, estoy yo --aseguró Sebastián también.
--De acuerdo, pero si algo me pasa, prometan que Walter pagará las consecuencias --accedió Hayden.
--Nosotros no --dijo Rodrigo mientras se levantaba de la silla y jalaba a Casandra por el brazo.
--¿Sabes? No te necesitamos --dijo de pronto Violeta, y todos la miramos-- porque eres un gallina.

Casandra le dirigió una mirada de desconcierto y ella le guiñó un ojo. Era esa tontería de la psicología inversa... si Rodrigo caía en esa trampa, yo tendría que reevaluar mi hipótesis acerca de su grado de inteligencia.

--Está bien --dijo él de pronto--. Estamos dentro.

Tomé la mano de Violeta y la besé.
--Eres una manipuladora --susurré. Luego ella retiró su mano y me besó los labios con una emoción algo desbordada. Sebastián murmuró algo acerca de que él también quería su parte y luego todos comenzaron a reír.

--Bueno --dije, entrelazando mis dedos con los de Vio y poniendo mi otra mano en el homro de Walter--. Ya tenemos un equipo... ahora sólo nos falta un plan.





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Hola!!

Otra vez escribí el capitulote, pero me fue inevitable. Lo bueno es que a ustedes sí que les gusta leer ¿verdad? xD

Abril: ¡Ya! ¡Me come la curiosidad! Me he quebrado la cabeza pensando cuáles serán tus conjeturas. ¡Dímelas! O tú pagarás el hospital cuando me reviente la cabeza ¬¬.

Gracias por sus comentarios. Así sí me dan ganas de escribir :D

Betzabé.
viernes, febrero 5

Qué ironía.

Casandra había llegado a mi casa una hora después de que colgamos. Me había costado trabajo deshacerme de mi hermano y de Sebastián, pero lo había logrado. Jonathan se negó a retirarse, argumentando que si Casandra se ponía histérica tal vez yo necesitaría apoyo. Sí claro, como si él estuviera en condiciones de defenderme... antes de que Cass pudiera golpearme, él ya estaría desmayado a media sala.

Rodrigo no había ido. No quería preguntar, por miedo a que ella y Jonathan lo tomaran mal, pero mi curiosidad fue mayor y la pregunta salió de mi boca como el gas cuando agitas una botella de Coca-Cola.

--Él... no... quiso venir --dijo ella--. No lo creímos conveniente.
--Sí bueno, tal vez no podría controlarse al ver a Violeta y se le aventaría encima como bestia en celo --apuntó Jonathan secamente.
--No...
--¿Quieres cerrar la boca unos segundos, Jonathan? --interrumpí.

Los tres entramos a mi habitación y casandra se quedó mirando las paredes como si estuviese parada en alguna nave extraterrestre.

--Es muy linda tu nueva casa --dijo ella.
--¿Nueva? La habrías visto antes si no fueras tan estúpida y tan orgullosa --dijo Jonathan con el mismo tono agrio y antisocial.
--Siéntate donde quieras --dije.

Casandra se acomodó en la mesedora y echó su cabeza hacia atrás, tal vez arrepentida de haber venido, o tal vez temerosa de que yo fuera a reclamarle algo. Como si estuviera en posición de hacerlo. Yo me senté en la cama y Jonathan se acostó junto a mí, colocando su cabeza en mis piernas. Comencé a pasar mi mano izquierda por su cabello mientras la otra descansaba en su pecho. Tal vez había sido una buena idea dejarlo en casa... por lo menos me daba un pretexto para no mirar a Cass mientras hablaba. Él tomó un cubo de Rubik que había en el buró y se puso a jugar con él para darnos un poco de privacidad... o algo así.

--Escucha... --comenzó ella--. Quería pedirte perdón por cómo me porté ese día. Creo que... estaba algo...
--¿Enfurecida? --preguntó Jonathan mientras colocaba dos hileras de color azul juntas--. ¿Salvajemente cegada?
--Jonathan --susurré, dando una palmada en su pecho. Tal vez lo de la privacidad no estaba en su lista de intenciones.
--No, él tiene razón --intervino Casandra.
--Pero... yo hubiese hecho lo mismo, Cass, no tienes que preocuparte por eso.

Con la garganta tan dañada como la tenía, mi discurso parecía un rugido o algo por el estilo.

--No. Tú me habrías preguntado qué pasó --aseguró--. Yo ignoré tu voz para concentrarme en la de Rodrigo y eso estuvo mal.
--Oigan, para empezar, yo no estaría tan enfermo como para besarte, Casandra --dijo Jonathan, uniendo otra fila color azul y girando el cubo para continuar con el resto--. Y en segundo lugar... bueno, digamos que siempre es primero tu mejor amiga y al último tu novio de hormonas alborotadas.
--Si sigues hablando te voy a sacar de aquí, Jonathan --gruñí.
--Está bien, está bien. Lo siento.
--Rodrigo me dijo lo que pasó --cuando Casandra habló di un respingo, pero no por el sonido de su voz, sino por lo que acababa de decir--. Me dijo que él fue quien te besó y...
--¡¿Y?! ¿¡Y por qué, maldita sea, no llamaste antes!? --exigió saber Jonathan.
--Tenía miedo de que no quisieras hablar conmigo, Vio.
--¿¡Miedo!? --continuó Jonathan. Al parecer yo era el centro de una conversación en la que no estaba participando.
--Sí. Creí que estarías molesta porque no te creí y porque no te hablé durante todo este tiempo.
--Vaya, sí que eres estúpida, Casandra --musitó Jonathan, que seguía tan concentrado en el cubo como en la conversación.
--No importa --dije al fin--. Vamos a olvidar todo esto ¿sí? Ya no quiero saber nada de lo que pasó ese día, ya no quiero pensar en el tiempo que no hablamos y quiero que seamos tan amigas como antes. ¿Podemos?
--Perdóname --susurró ella.

Los ojos azules de Casandra comenzaron a teñirse de rojo y una lágrima recorrió su mejilla. Me levanté de la cama, dejando caer la cabeza de Jonathan al edredón, y caminé hacia la mesedora. Cass se levantó y me abrazó. Nos abrazamos durante un largo rato y luego la miré a los ojos de nuevo. Esos ojos azules que podían hacer sonreír a cualquiera ahora estaban tristes, pero yo sabía que pronto volvería a escuchar aquella risa metálica tan suya.

--Ya olvídalo, ¿sí?
--Está bien --aceptó--. Ahora dime por qué sigues con éste tarado.

Ella sonrió y Jonathan soltó una maldición. Antes él y Casandra habían sido buenos amigos, pero al parecer ahora él la odiaba a ella y tal vez el sentimiento era correspondido. Mi mejor amiga y mi novio ahora se detestaban, el novio de mi amiga era un cobarde y lo peor era que yo no quería estar lejos de ninguno de ellos. Tal vez de Rodrigo sí, pero por lo menos no quería estar lejos de quienes se encontraban en esa habitación.

--Oye, tengo que irme --dijo Jonathan de pronto.
--No te ofendiste, ¿o sí? --preguntó Casandra con una sonrisa en los labios.
--Claro que no. ¿Quieres clases de insultos? Tengo un amigo que podría ponerte diez apodos en menos de cinco minutos. ¿Verdad, Violeta?
--¿Amigo? --lo miré con las cejas enarcadas y él sonrió.
--Bueno... casi amigo. Como sea, yo me voy porque tengo que ir a casa a bañarme y luego voy a ver a Walter que quiere saber cómo estas y todas esas cosas... tú sabes de qué hablo.
--¿Ricky Ricón?
--Síp.
--Puedes bañarte aquí --dije--, en el baño de mi hermano, y ponerte ropa suya si quieres.
--No creo que la ropa de Diego me quede... me faltan como diez kilos de músculo para que eso sea posible --era cierto. Jonathan tenía buen cuerpo, pero mi hermano lo dejaba atrás por mucho.
--¿Y si llamo a Walt para que venga? --sugerí.
--Está bien --aceptó--. Pero igual tengo que ir a mi casa a bañarme. Tú llámalo y nos vemos al rato ¿sí?
--Claro.

Jonathan me dio un rápido beso en los labios y se encaminó hacia la puerta de mi habitación, pero antes de que saliera lo llamé.

--¿Jonathan? --dije. Él dio media vuelta y me miró, sin quitar la mano de la perilla.
--¿Mhmm?
--Gracias --susurré con una sonrisa en los labios.

Jonathan sonrió y se acercó a mí luego de mirar a Casandra. Me tomó por la cintura y me acercó a él tanto como pudo antes de tocar mis labios con los suyos. Apoyé mis manos en sus hombros y lo besé. Dulce, apasionado, tierno... y yo mareada. Él gruñó por lo bajo cuando mis dientes rozaron su labio inferior y bajó sus manos un poco más, de manera que quedaron en lo último de mi espalda.

--Oigan, ¿querrían dejar de babearse de esa manera cuando acabo de comer? Se me está revolviendo el estómago --dijo Casandra.
--Sal de aquí, intrusa --susurró Jonathan sin mirarla.
--Está bien --dijo ella--. Sólo porque no quiero ensuciar esta bonita alfombra con mi vómito.

Casandra caminó hasta la puerta y la cerró detrás de ella. Jonathan siguió besándome como si Cass no nos hubiese interrumpido nunca y a mí no me importó que ella estuviera afuera luchando por mantener su última comida dentro de su cuerpo.

Los besos de Jonathan subieron de tono y la temperatura de mi piel subió unos cuantos grados centígrados. Deslicé mis manos por sus brazos y aferré el borde de su camiseta, jalando hacia arriba. Éll se deshizo rápidamente de la prenda sin dejar de besarme y luego se las arregló también para desaparecer mi blusa. Me hizo caminar hasta el borde de la cama y luego me recostó en ella, yo tenía los brazos alrededor de su cuello, por lo que le fue fácil levantarme y acomodarme debajo de su cuerpo.

Yo no era así. Nunca había sentido la necesidad de estar así con Jonathan. Nunca había pensado en de llevarlo a mi habitación y acostarme con él. Pero ahora, gracias a que mis tripas se estaban volviendo locas dentro de mi estómago y a que mi piel hormigueaba donde él me tocaba, estaba comenzando a ver el hecho de tener sexo como una excelente y oportuna idea.

Mis manos bajaron por su pecho y hasta su pantalón. Desabroché el botón y bajé el cierre sin siquiera pensarlo mucho. Jonathan me besaba el cuello y sus labios comenzaban a recorrer un camino cuesta abajo en mi cuerpo, donde no había un centímetro que no hubiese sido ya tocado por sus manos. Él me miró a los ojos durante unos segundos y luego me besó los labios.

--Te amo --dije de pronto.

Fue como si nos hubiesen dado una descarga eléctrica o algo parecido. Ambos dejamos de acariciar al otro y nos miramos fijamente. ¿Qué diablos acababa de decir? Busqué en mi cabeza aquel sentimiento que esperaba con ansias: el arrepentimiento. Lastimosamente, jamás lo encontré. El vientre de Jonathan seguía oprimiendo el mío y mi cuerpo aún estaba vuelto loco. Jonathan respiraba agitadamente y me miraba con los ojos abiertos como platos. ¿Qué diablos acababa de decir?

Empujé a Jonathan y me levanté de la cama. Mi blusa estaba tirada junto a la mesedora, pero no me dieron ganas de ponérmela. Caminé hasta la pared del lado opuesto a donde él estaba y recargué mi cabeza en el concreto. Cerré los ojos y me decidí a esperar hasta que él se aburriera o se decepcionara porque no habíamos hecho lo que habíamos estado apunto de hacer. Sin embargo, luego de unos segundos -tal vez minutos-, sentí sus brazos envolver mi cintura y sus labios besar mi nuca. Giré para encararlo y por un pequeñísimo instante sus ojos verdes me sacaron de concentración.

--Yo... --comencé a decir, pero élpuso un dedo en mis labios para que no hablara. Sentí la fría pared en mi espalda y me pegué más a ella para ver si se me enfriaban las ideas.
--Tuve una reacción muy estúpida --dijo él.
--Sí bueno, yo arruiné el momento con esas dos macabras palabras.
--Oye, no estábamos preparados para esto. Ni tú ni yo.
--¿Qué te parece si lo olvidamos y ya?
--¿Olvidarlo? --sonrió--. ¿Estás loca?
--Me refiero a la parte en que dije que te amaba... si quieres podemos continuar con lo otro.
--¿No me amas? --preguntó, sin borrar esa sonrisa.
--Creo...

Sí. Lo amaba. Ese era el maldito problema. Al principio, cuando le dije a Jonathan que quería ser su novia, sólo había visto todo este asunto como un juego; algo de lo que podría deshacerme fácilmente si quisiera. Si ahora quisiera deshacerme de él simplemente no podría.

--Te amo --dijo él--. Mucho. No quería decírtelo porque no creí que sientieras lo mismo. Fue estúpido, pero a veces soy más estúpido que Carter.

Lo miré unos segundos y luego lo besé. La escena era de lo más vergonzosa, empalagosa y cursi que alguien puede imaginar, pero mi cabeza estaba tan nublada que no me importó mucho qué tan personaje-de-telenovela parecía en ese momento. Además, por alguna extraña razón OliverCarter se había colado a nuestro pequeño evento desafortunado. Qué horror.

--¿En realidad quieres hacer esto? --preguntó, mirando mi cuerpo medio desnudo--. ¿Aún cuando tu amiga está allá afuera haciendose la loca?

Lo pensé unos instantes y luego respondí.

--Sí. Pero no ahora. Quiero hacerlo. Contigo.
--Yo también --sonrió--. Pero no creo que sea conveniente hacerlo aquí, con tu amiga a unos metros de distancia.
--Claro que no --reí--. Prométeme algo.
--¿Qué?
--Que nunca vas a pensar que soy una fácil.
--¿Fácil? --enarco las cejas--. ¿Por esto?
--Promételo.
--No puedo pensar eso de ti, Vio, ¿no ves? ¿No ves que me tienes medio loco?

Y lo besé de nuevo.

Estábamos en mi habitación. Ambos estábamos medio desnudos y respirando con dificultad. Mi mejor amiga estaba detrás de la puerta luchando por no vomitar. Me sentía estúpida. Jamás había creído que podía llegar a ser tan cursi, pero a veces las personas no se conocen a sí mismas hasta que viene alguien y les abre los ojos. Jonathan había venido a abrirme los ojos a mí, para mostrarme que le tenía miedo a cosas para las que siempre creí estar lista.

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