domingo, agosto 30

Un abrazo.

--¡Así no! Tienes que agregar un carbono aquí para que se liberen los dos oxígenos.
--¿Pero dónde?
--¡Pues ahí! ¿Qué no ves? --gritaba yo, señalando el cuaderno, justo al lado del dedo de Rodrigo.
--¿Pero dónde? --repetía él estúpidamente-- ¿No se supone que entra oxígeno y libera bióxido de carbono?
--¡Rodrigo! ¡Es fotosíntesis, no respiración!
--Pues hubieras empezado por ahí...

Era caso perdido. Yo podía enseñarle todos y cada uno de los pasos de la fotosíntesis a un mono, pero Rodrigo era asunto aparte. ¿Y dónde estaba Casandra? Maquillándose. Y soltaba risitas cada vez que yo regañaba a su novio. Aunque debo decir que tener a Rodrigo tan cerca era algo así como mi pago por enseñarle biología.

Le había pedido disculpas a mi amiga por haberle gritado el día anterior y ella había soltado esa risa de oro que tanto me gustaba, diciendo "sólo era estrés", antes de alabar la habilidad de Jonathan con el maquillaje. "¿Si le pago crees que me maquille a mí?". Había preguntado.

--Entonces entra un oxígeno, luego se hace todo este rollote y sale bióxido de carbono... listo, ya entendí.

Miré a Rodrigo mientras trataba de no patearle la cara por ser tan tonto, y luego me preocupé por mantener mi pulso en un nivel seguro, así como mi color de piel.

--A ver... el punto de aprender la fotosíntesis es entender todo el proceso, no nada más lo que entra y lo que sale.
--¡Pero es muchísimo! --se quejaba mientras Casandra se aplicaba el rubor.
--¡Son seis pasos! ¡No puedo creer que seas incapaz de entender seis pasos!
--¿Sabes qué? Creo que mejor voy a las asesorías...

¿Qué? ¿Asesorías? Yo era buena asesora, el problema aquí era él, que era capaz de contestar mil ecuaciones de física cuántica y cálculo integral en medio segundo, pero no podía procesar los seis pasos de la fotosíntesis sin equivocarse. Además no quería que se fuera...

--Bueno... te lo explico una vez más y ya.
--No.
--¿Eh?
--Dije que no --contestó.
--Pero... está bien, ve por tu maldita asesoría y a ver cuándo te vuelvo a ayudar en algo.
--¡Oye, oye, tranquila! --dijo Casandra-- Lo que pasa es que Jonathan está parado en la puerta desde hace diez minutos y creo que está comenzando a impacientarse...

Miré detras de mí y Jonathan me saludó con un ademán de la mano.

--Yo me largo --dije, antes de tomar mi mochila y echarle una última mirada a Rodrigo. Suspiré.
--Acabo de encontrar un pedazo de algo en el suelo de la bodega de químicos --dijo Jonathan mientras caminábamos hacia alguna parte y me extendía un trozo de roca negra.
--¡Bravo, eres un genio! --dije sarcásticamente-- ¡No hay nada más interesante que una bonita piedra chamuscada!
-- Puede ser una buena pista, Violeta.
-- Sí claro, es eso o sólo una piedra de las muchas que hay en esta escuela.

Arrojé la piedra a l pasto y Jonathan corrió en pos de ella como si se tratara de la piedra filosofal.

--Oye, es evidencia.
-- ¿Evidencia? Los restos de cualquier evidencia en la bodega de químicos fueron desechados cuando se organizó la limpieza sanitaria.
--Cierto...--dijo él, pensativo.
-- Si quieres información, sólo ve a la fuente.
--¿Eh?
--Tu espera, que en una semana te voy a tener algo de información... ahora, la carta.
--Eres como un yo-yo.
--¿Yo?
--¿Ves? Puro yo, yo, yo... nunca hablamos de mis cosas, sólo de ti...
--Bueno, ¿escribiste algo o no?
--Sí...

Tomé la hoja que me extendió y la desdoblé para comenzar a leerla.

Chico de la fuente:

Quiero que sepas que eres un tarado y que tus jueguitos de niño acosador no me impresionan, por el contrario, me das náuseas. Deseo fervientemente que des la cara para poder demandarte porque me siento acosada por ti y ya no quiero que me estés siguiendo para todos lados cual perro faldero.
Si me amas tanto como dices, hazme un favor: suicídate.
En cuanto a Jonathan, debes saber que es el tipo más inteligente, guapo y caballeroso que he conocido en mi vida, así que aléjate de nosotros porque sé artes marciales y puedo reventarte la clavícula con un simple toque.
Vamos, cobarde, da la cara para que pueda darte tu merecido.

Atte: Violeta.

Miré a Jonathan con los ojos entrecerrados y le di un golpe en la cabeza con un cuaderno enrollado (el de biología, que no había metido en la mochila).

--¡¿Qué?! --preguntó él, con una sonrisa en los labios.
--¿Eres imbécil? ¿Se supone que esto es lo que le voy a contestar? Debe ser una broma...
--Claro que no... es justo lo que deberías decirle...
--¿Sabes qué? Yo me encargo d las cartas y tú sólo dedícate a matar bichos por ahí.
-- Oye, Vio... tu madre llamó a mi casa hoy en la mañana.
-¿¡Qué!?
--Estaba llorando, le dijo a mi mamá que no sabía dónde estabas y que ella y tu padre estaban muy preocupados por ti y por Diego, también preguntó si sabía dónde estaban...
--¡Malditos! --grté, llena de rabia-- No puedo creer que hayan hecho eso! ¡Los odio! ¡Los odio!

Para cuando terminé la frase mi cara estaba llena de lágrimas y yo en el suelo, de rodillas y con las manos enredadas en el cabello.

--¿No pueden dejarnos vivir en paz? --grité, por suerte estabamos en aquel lugar donde no había señales de vida y por donde ninguna persona pasaba jamás-- ¿No hicimos lo que querían? ¡No es justo! ¡Ojalá se mueran!

Seguí maldiciendo a mis padres y llorando como si me hubiesen dado la noticia de que habían muerto, aunque eso sería preferible que verlos aún con vida y molestándonos a Diego y a mí.

Jonathan vino y se sentó junto a mí, pasó sus dedos por mi cabello y quitó mis manos de ahí, ya que estaba a dos de arrancarme el cuero cabelludo. Me abrazó y colocó mi cabeza en su pecho.

--Oye, ya sé que es duro, pero no es para tanto.
--¡¿Y tú qué puedes saber?! --lo golpeé en el abdomen, y aunque sus músculos eran muy fuertes, hizo un gesto de dolor. --¿Acaso descubriste que tu padre es un maldito? ¿Acaso te diste cuenta de que tu familia se odia más de lo que creías? ¡No lo creo, Jonathan! --decía, mientras lo golpeaba una y otra vez con los puños cerrados. Lo golpeé en el rostro, en el abdomen, en los brazos... y él no decía nada. --¡No sabes nada de lo que me pasa, ni de lo que siento!

Me agarró por las muñecas, tal vez porque pensó que ya era mucho drama por un día o porque se cansó de que lo golpeara con todas mis fuerzas... recargué mi frente en su pecho y comencé a llorar de nuevo. Estaba harta de ser fuerte, o relativamente fuerte, ya que lloraba mucho y ayudaba poco, pero luchaba por no sentirme tan mal y eso me estresaba demasiado.

--Está bien... sólo no me golpees más ¿quieres?

Jonathan me besó la coronilla y me abrazó más fuerte, yo dejé que lo hiciera a pesar de que odiaba que la gente me tocara. Tal vez ese día necesitaba mucho de un abrazo, de un beso, de un apoyo que me hiciera sentir que nada de lo que estaba sucediendo era mi culpa... enserio agradecía que Jonathan fuera un entrometido y que se hubiera ganado mi confianza, porque de otro modo yo ya habría estallado.

--Gracias --susurré.
--Oye, ¿para qué son los amigos?
--Gracias de todos modos.

Me apretujó y yo dejé que de nuevo cayeran las lágrimas, aunque esta vez ya no tenía muy claro si era de rabia, tristeza, estrés o agradecimiento.
sábado, agosto 22

Siempre no...

Y bueno, esto no era tan divertido como parecía. ¿Oliver Carter? Y si él fuera el chico de la fuente, ¿esto era una broma, o era enserio? No podía ser que Carter estuviera enamorado de mí ni mucho menos que fuera capaz de escribir algo así, entonces, le había pagado a alguien para que las escribiera y luego me las mandaba para ver mi reacción y botarse de risa.

Junté las cejas y me ardió el ojo. ¿Carter? ¿Enserio?

¡Qué coraje ser la burla de Oliver Carter!

--Señorita Lazcano ¿me está escuchando?.

Alcé la mirada y la profesora se paró delante de mí.

--¿Me puede decir cómo se desdobla esta proteína?

Me quedé mirándola fijamente a los ojos, mientras sentía cómo mi rostro se sonrojaba... no tenía idea de qué maldita proteína me estaba hablando.

--Está castigada, Violeta, quiero un reporte acerca del desdoblamiento de proteínas y carbohidratos para mañana.

La profesora me dirigió una mirada desdeñosa y dio media vuelta, antes de dirigirse a su escritorio y tomar su bolso.

--Hemos terminado por hoy --dijo.

Autómaticamente todos se levantaron de sus asientos y yo hice lo mismo unos segundos después. Rodrigo y Casandra entraron en mi campo de visión y él me miró incrédulo.

--¿Cómo es posible que no hayas desdoblado esa proteína? ¡Eres una experta en eso!
--Oye, Vio --dijo Casandra--, ¿te encuentras bien?

Tomé la hoja que había estado observando toda la clase y caminé hacia la esquina donde estaba Oliver Carter.

--Te crees muy gracioso, ¿no?--le grité, y todos los presentes centraron su atención en nosotros.
--Hola, linda... ¿qué te trae por aquí?
--Escúchame, Carter, esto del admirador secreto fue divertido al principio, pero no me gusta que me estés investigando todo el día.
--¿De que diablos hablas, Violeta?--el chico se hizo para atrás y me miró con las cejas enarcadas.
--Es sólo una advertencia, Carter--amenacé--, si me vuelves a mandar cartas donde me confiesas que me amas y me dejas ver que eres un psicópata que se la pasa investigándome...
--Violeta, cálmate --dijo Rodrigo que estaba parado detrás de mí.

Entonces, vibró mi celular. No miré el número antes de contestar, sólo oprimí esa tecla verde y me puse el aparato en el oído.

--Violeta --contesté.
--¡Hijos de perra! --gritó un hombre del otro lado de la línea-- ¡Los voy a encontrar y los voy a matar a los dos! ¿Dónde diablos están metidos, malditos bastardos?
--Claro, papá, enseguida te digo --contesté--, anótalo en un papel y luego ve por tu guillotina, que la espero ansiosamente.
--No estoy jugando, o me dices dónde están o voy a...
--¿Golpearnos? --pregunté-- ¿No te bastó con lo que me hiciste? Papá, si tú te atreves a buscarnos, voy a decirle a una trabajadora social cómo me golpeaste hoy y créeme cuando te digo que no voy a ir a visitarte a la cárcel.
--No te atreverías...
--¿Ah no?
--Pues aunque lo hicieras, no tienes pruebas de que lo hice --dijo triunfante.
--¡Oh, papá!, ¿que no tengo pruebas, dices? --reí--. Yo creo que un ojo morado, un labio y ceja abiertos y todos los moretones que ya aparecieron en mi cuerpo serán lo suficientemente convincentes ante cualquier clase de juez.

Escuché una maldición y luego el "bip bip" que anunciaba que el cobarde de mi padre había colgado el teléfono.

Oh, oh... Al parecer mi gran bocota me había hecho caer de nuevo... todos y cada uno de los presentes me miraban sorprendidos. Casandra se acercó a mí y puso su mano en mi hombro.

--Lárguense --dijo--. No hay nada que ver aquí.

Todos se fueron al instante, excepto Rodrigo, Casandra y Jonathan, que acababa de entrar al aula.

--Vio, ¿por qué no me dijiste? --preguntó ella, con una expresión de lástima que me dio asco.
--Porque no tenía ganas de anunciarle a todo el mundo que mi familia es una porquería, pero gracias por preguntar.
--Pero yo...
--No me importa, Casandra --dije bruscamente, aunque sabía que ella no me había hecho o dicho nada malo.
--Violeta...
--Vámonos, Jonathan --caminé frente a él, que enseguida vino detrás de mí.



--No debiste hacer eso... --dijo Jonathan, cuando nos sentamos en aquella roca enorme que absolutamente nadie (salvo los conserjes, tal vez) conocía.
--¿De qué hablas? ¿De cuando casi golpeo a Carter, o de cuando amenacé a mi padre mientras todos escucharon?
--De cuando dejaste a Casandra hablando sola...
--Ah, olvidé esa parte.
--Oye Vio, relájate...
--¡¿Relájate?! --grité-- ¿Eres idiota? ¿Y tú por qué estás aquí? ¿No te preocupaba tanto que el imbécil de Carter pensara que sientes algo por mí? Vamos, Jonathan, no me vengas con...
--Es que sí siento algo por ti --interrumpió.
--¿Eh?
--Bueno... no tanto así como sentir algo... pero tal vez... sólo algo muy leve... ¿Sabes qué? Sólo olvida eso.
--Está bien...
--En cuanto a lo de Carter...
--¿Qué?
--Lamento decirte que hiciste un gran ridículo hoy... --sonrió-- Comparé las cartas hace un rato y supe que tu admirador no es el asesino loco... Luego tomé una de las amenazas que Carter me manda y también supe que tu "chico de la fuente" no es él.
--¿Enserio?
--Sí...
--Ay no...
--Lo sé --contestó--, el ridículo que hiciste hace un rato no va a ser difícil de olvidar.
--Ay, Jonathan, no seas idiota... eso no es lo que me preocupa.
--¿Entonces?
--¡Hay otro loco por ahí que sabe todo acerca de mi vida!
--Ah, eso...
--Sí, eso.
--Bueno, olvida tus problemas por un rato y métete en los de otros --metió la mano en su mochila y sacó un gordo fólder negro con un águila dorada--. Éste es el caso que tenemos qué resolver, linda.
--Oye, espera --dije cuando depositó los papeles en mi mano.
--¿Qué?
--¿Y entonces sí voy a contestar la carta?


Nos miramos un largo rato, mientras yo dejaba que él decidiera lo que se suponía que yo tenía que saber de antemano: Obviamente contestaría la maldita carta.
jueves, agosto 6

¿Carter? Prefiero al asesino...

Rodrigo, Casandra y yo caminábamos por uno de los jardines de la escuela, mientras él intentaba quedar de acuerdo conmigo para sus "clases particulares de biología", las cuales le serían impartidas por mí.

--Por eso te digo --alegaba él--, mañana en la mañana voy a tu casa y estudiamos ahí.

La orden había quedado clara: nadie, absolutamente nadie, puede saber la nueva dirección. Diego nos había hecho jurar a Jonathan y a mí que no soltaríamos la sopa ni aunque nos aplicaran la tortura china.

--Mejor estudiamos aquí, cuando tengamos tiempo libre --decía yo.
--Pero, Vio, no vamos a tener mucho tiempo.
--Ya verás que sí.

Seguimos discutiendo cuando llegamos a la cafetería y luego de pedir nuestra comida, Casandra se disculpó para ir al sanitario.

--Ah sí --dijo Rodrigo, mientras sacaba un sobre negro de su mochila--. Un tipo me pidió que te diera esto.

Miré el sobre durante unos segundos y luego estiré la mano para tomarlo. Era la respuesta. Con eso de que mi papá había resultado un maniaco golpeador y gracias a eso habíamos tenido que cambiar de casa, yo olvidé que el tipo existía.

--¿Quién te la dio? --pregunté.
--Ni idea... el chico me dijo que otro le pidió a él que me la diera y que yo te la diera a ti.
--¿Eh?
--Ay, Violeta, no me hagas repetirlo y ponte a comer ¿sí?
--Tengo que irme...--me levanté de la silla y eché a correr hacia la biblioteca.

No la leería sola. Jonathan me había pedido las cartas del hombre que intentó asesinarme antes y también se quedó con la primera que me había mandado el chico de la fuente. Se suponía que iba a asegurarse de que no fueran el mismo, gracias a la caligrafía de los textos.

A veces, tener un amigo genio de la tecnología tenía sus ventajas.

--¡Jonathan! --grité en cuanto lo vi, y la bibliotecaria me miró enojada-- ¡Es la carta! ¡El chico de la fuente... me contestó!

Varios de los alumnos que se dedicaban a estudiar ahí dentro se echaron a reír, otros me miraron como si estuviera loca y unos más me dirigieron la misma mirada furiosa de la bibliotecaria.

Jonathan abrió los ojos de par en par y me arrebató el sobre de las manos.

Luego de tanto grito, la boca me dolía demasiado, de hecho me ardía, pero eso no me importaba.

--¿La lees o mejor yo?--preguntó.
--Oye, chico, es de mala educación leer la correspondencia de los demás ¿sabías? Además es ilegal.
--Sí bueno, lo legal nunca ha sido mi estilo.

Abrió el sobre y sacó la hoja membretada que había dentro, la desdobló y comenzó a leer:

"Mi preciosa Violeta:

Guau, no tardaste mucho en contestar mi anterior carta ¿verdad? Me alegra que estés interesada en mí tanto como yo en ti.

He visto a ese chico Rodrigo demasiado cerca de ti estos días y debo decir que no me gusta para nada. Siento que le inteeresas para algo más que "estudiar", pero le tiene tanto miedo a su novia que no se atreve a decírcelo a ninguna de las dos. También me enteré de que tu amigo Jonathan te convenció de regresar a esa tontería de la investigación y debo decir que eso tampoco me agrada mucho.

¿Por qué no entiendes, mi preciosa Violeta, que no me gusta que te pongas en peligro? Estoy seguro de que ese chico de cabello rizado también quiere algo más contigo que "investigar". Pero no diré nada acerca de él, porque sé que tiene tu confianza entera, y lo sé porque es la única persona a quien decidiste llamar cuando tu hermano y tú llegaron a aquel edificio. Si supieras quién soy, estoy seguro de que te sorprenderías, y aún más sorprendido quedaría ese pequeño renacuajo que tanto te adora y que se cree Sherlock Holmes.

Hoy estás triste, la relación con tu familia no está bien y eso me duele porque a ti te duele. Quisiera estar contigo en estos momentos, ayudarte de alguna manera o poder darte palabras de aliento, pero como te dije la vez anterior, no me daré a conocer hasta que tú lo quieras.

Debes saber que puedes confiar en mi.

Te amo, mi preciosa Violeta, y te ruego que no caigas en las redes de los chicos que andan detrás de ti, porque entonces me lastimarás demasiado.

Ah, y he convenido que la fuente de la facultad no es el mejor sitio para contestar mis cartas, cariño, así que buscaré tu próximo remitente en el jardín del arte, debajo de la lona amarilla que está donde el conserje deja el mobiliario roto.

Atentamente: El chico de la fuente."



--¡Este tipo está demente! --gritó Jonathan en cuanto terminó de leer la carta.
--Señor Pazos, tal vez usted y su amiga quieran charlar fuera de la biblioteca.
--Lo siento, señorita Reyes --contestó mi amigo en voz baja y se acercó más a mí.

Me quedé callada y él habló.

--¿¡De dónde saca que me gustas?!
--¡Jonathan! --le di un codazo en las costillas-- El tipo sabe todo de mi vida ¿y a ti te preocupa qué piensa sobre nosotros?
--Ah sí... bueno, claro que me refería a eso... espera un poco... el único que me dice "pequeño renacuajo"...
--¿Aja? ¿Quién?
--¡Carter!
--¿Carter?
--¡Ay, nanita, tu admirador secreto es Oliver Carter!
--Claro que no...--dije yo-- Ni si quiera estoy segura de que Carter sepa escribir, además es un bruto y no tiene idea de cómo elaborar un texto de este estilo...
--Violeta y Oliver, debajo de un árbol, la acosa, la besa a fuerzas, investiga su vida... --se puso a canturrear y a mover la cabeza de un lado a otro, pareciendo un idiota retrasado.

Le arrebaté la carta de la mano y eché a andar fuera de la biblioteca. Pobre imbécil.





Cuando entré al aula (tarde, por cierto), Oliver Carter me miraba desde una esquina y luego siguió platicando con otro de los chicos que gustaban de molestar a Jonathan.

--¡Dios santo! --de pronto Casandra entró en mi campo de visión, bloqueando todo lo demás.
--¿Dónde estabas? --inquirió Rodrigo.
--Fui a hablar con Jonathan y...
--¿Decidió darte una paliza? --preguntó él.
--¿Paliza?
--Violeta, te está sangrando el labio... --dijo Casandra.

Inconscientemente me llevé la mano a la boca... Claro, la herida que todavía no formaba una costra gracias al maquillaje, se había abierto cuando corría por la biblioteca gritando como una loca.

--Ah no... en la mañana Diego me arrojó una silla y no la pude esquivar... esto sólo se abrió otra vez.

Casandra y Rodrigo me miraron con cara de incredulidad. Era obvio que mi estúpida excusa no había sido ni de cerca convincente... yo tenía buenos reflejos, en primer lugar, y en segundo, si Diego y yo hubiesemos peleado esta mañana, yo se los habría contado.

Y Carter se reía en una de las esquinas del aula.

sábado, agosto 1

El nuevo hogar, dinero robado y excusas por pensar.

Íbamos por una de esas zonas para tipos ricos cuando terminé de cambiarme y de limpiarme la cara. Me dolía mucho y sentía cómo mi cuerpo iba liberando la endorfina para cortar de tajo el dolor, aunque no lograba demasiado, ya que sentía que en cualquier momento me iba a desmayar. Sí, mi cuerpo luchaba para eliminar el dolor, más que físico, emocional.

Diego giró de pronto hacia la derecha y entramos a uno de los edificios del lugar. Entonces las ganas de dormir, desmayarme, llorar o reclamarle a mi cuerpo que no me sedara rápidamente, se fueron al diablo.

--Oh por Dios --susurré.

Miré a mi hermano por el espejo retrovisor y pude ver que sonreía. Yo sabía que íbamos a un apartamento, pero no tenía idea de qué clase de apartamento.

El edificio era enorme. Las paredes por fuera estaban pintadas de beige y estaba dividido en dos columnas, separadas por una franja de cristal en la que se podía observar un elevador ascendiendo; dentro: dos personas arregladas como para un coctel. El "patio de enfrente", donde Diego dio vuelta para que el valet metiera el coche, estaba todo cubierto de verde y en el centro de aquel jardín con flores lilas y rosas, había una fuente que mínimo arrojaba agua hasta la mitad del edificio, sólo para caer de nuevo delicadamente sobre la alumbrada superficie.

--Vamos --me indicó mi hermano cuando un sujeto abrió la puerta de mi lado.
--Señor, ¿necesita ayuda con su equipaje?--preguntó el tipo cuando Diego abrió el maletero del coche.
--Eh... no, gracias.

Bajé del auto y tomé cuatro maletas y una bolsa, que eran las que me pertenecían. Eran pesadas y sentía como si mis hombros, codos y muñecas se fueran a descoyuntar, pero una vez en aquel fabuloso apartamento que seguramente me esperaba, no querría bajar de nuevo sólo por el resto de mi equipaje.

Subimos al ascensor y trece pisos después salimos de él. El corredor era espaciosísimo, el suelo era blanco y las paredes color vino. Sólo había dos puertas en aquella enorme área y una de ellas esperaba a ser abierta por mí.

Mi hermano caminó delante de mí y abrió la puerta con una tarjeta, cuando entré, por poco me desmayo y no precisamente de dolor emocional.

Las paredes eran blancas, el living era enorme, casi el doble de tamaño del de mi antigua casa. Entré y dejé las maletas en la puerta, las moví con el pie hasta el sillón más cercano y me quedé ahí parada, mirando todo a mi alrededor.

Una de las paredes, la que daba justo de frente a la puerta de entrada, había sido reemplazada por un gran ventanal. Los sillones eran blancos y el resto de los muebles eran color plata o negro. Había unas cuantas plantas en el living, justo al lado del mueble donde una pantalla de plasma esperaba ser encendida, y un sistema de audio rogaba por tocar buena música.

--Tu habitación está por allá--dijo Diego, aun con una mueca de tristeza en el rostro, mientras señalaba hacia su derecha.

Miré en la ya mencionada dirección y de inmediato encontré mi alcoba. Una puerta blanca con pliegues: cocina. Puerta blanca sin adornos: baño. Puerta gris... ¿gris? Puerta fucsia: definitivamente ésa puerta había sido pintada especialmente para mí.

--Santo Dios, Diego --susurré--. ¿Cuántas toneladas de crack tuviste que vender para comprar esto?
--Oye, tenía ahorros.
--Sí claro...
--Bueno, mis ahorros, un poco de dinero de parte de los abuelos y otro tanto de la cuenta personal de papá.
--¡¿Le robaste a papá?!--grité.
--Bueno... solo unos cuantos miles...
--¡¿Miles?! ¡¿Quieres que nos metan a la cárcel?!
--Oye, eso fue hace un tiempo, él pensó que la agencia le hizo un fraude y ya. Nunca sospechó de mi... Mira tu habitación. La pinté yo mismo.

Caminé hacia la puerta fucsia y Diego vino detrás de mí.

Abrí la puerta y casi me voy de espaldas.

No me importó lo espacioso que era el lugar, ni la enorme cama que había en el centro, ni mucho menos el escritorio fucsia que esperaba ser ocupado con mis cosas... no, lo que más me impresionó fue la pintura. Paredes negras con manchas de colores vivos, como azul, rosa, amarillo, verde... parecía que ahí había estado un loco amante de la fosforescencia.

--Dios mío.

Diego se echó a reír.

--Hoy has estado muy religiosa.
--Sí, habría estado mejor hablar con Dios antes de que mi papá me diera una paliza, tu te robaras el coche y nos escapáramos de casa...

Ambos nos miramos un largo rato y luego un cosquilleo en la bolsa del pantalón me regresó a la realidad.

--Violeta--contesté.
--¿No piensas venir a la escuela? --casi gritó Casandra--. Violeta, ya no llegaste a la primera clase y hoy hay examen de literatura ¿sabes?

La escuela.

Giré mi cuerpo hasta que quedé frente al espejo en una de las paredes. No podía ir así a la escuela y definitivamente no podía faltar a ella.

--Violeta ¿me estás escuchando?
--Sí claro, no te preocupes, voy a llegar al exámen.

Colgué.

--No vas a ir a la escuela --dijo mi hermano--, ¿ya viste tu cara?
--Sólo necesito maquillaje...
--Sí, sólo necesitas tres kilos de buen maquillaje y una mano experta a la que no le importe de dónde diablos vienen esas heridas...
--Claro --una chispa de algo cruzó por mi cara y abrí el teléfono de nuevo.

Diego dio media vuelta y salió de la habitación, yo caminé hacia la cama y me tiré en ella mientras sonreía... luego cerré el pico porque la boca me ardía como mil demonios.

--Hola Vio --contestó--. ¿Qué necesitas?
--Maquillaje... y a ti.
--¿Maquillaje? ¿Para qué?
--¿Puedes venir a mi casa con un poco de ese maquillaje que usaste cuando Carter te rompió la cara?
--Sí claro, pero... ¿para qué?
--Oh, calla y espera.

Fui donde Diego y con señas le pedí que escribiera la dirección de mi nuevo hogar, para luego dársela a Jonathan.

--¿Nueva dirección?
--Apresúrate, tengo hora y media y necesito quedar perfecta.

Colgué y me tiré en uno de los blancos sillones.

--¿No vas a desempacar?
--Tengo hambre --dije.
--Violeta, ¿estás demente? --preguntó, con una sonrisa de incredulidad--. Mi papá casi te deshace la cara, nos escapamos de la casa, te digo que le robé dinero a ese hijo de perra... ¿y tú quieres comer?
--Oye, soy fuerte para estas cosas --sonreí--. Quisieron matarme hace tres años ¿recuerdas?
--No me parece gracioso.
--Ay, tú eres un amargado.
--Pues no hay comida en el refrigerador, hoy vas a tener que ir al auto servicio para comprar algo.
--¿Y yo por qué?
--Tengo una cita esta noche... no te pongas roñosa si la traigo a casa ¿está bien?
--Mi papá casi me deshace la cara --imité su tono de voz--, nos escapamos de la casa, me dices que le robaste dinero a ese hijo de perra... ¿y tú quieres tener sexo?
--No es cualquier sexo.
--Ah... por favor... no quiero detalles.

Estuvimos platicando mientras él desempacaba sus cosas, ya sin tocar el tema de lo sucedido hacía apenas dos o tres horas, mientras yo esperaba a Jonathan y él esperaba quedarse solo para traer a la chica en turno.


--¡Cielo santo! --gritó Jonathan en cuanto vio mi rostro--. Iba a decir eso por el nuevo apartamento, pero... Violeta ¿qué te pasó en la cara? Te ves más fea que de costumbre.

Le di un golpe en la cabeza y lo llevé a mi habitación.

--Me pegó mi papá.
--¿Enserio? --dijo, mientras examinaba las heridas de mi rostro y la marca de la mano de mi papá en mi brazo-- Guau, voy a pedirle clases de lucha libre a tu padre y tal vez Carter no se vuelva a meter conmigo.
--Oye idiota ¿quieres concentrarte? Maquillame y que sea rápido.
--Ay, sólo bromeaba.
--¿Ah sí? Pues has rollito tu broma y métetela por...
--¡Bueno ya! ¡Tranquila!

Jonathan empezó con su trabajo y yo le pedí que no dijera nada de lo que pasó a los chicos de la escuela. Si el maquillaje no servía para ocultar las heridas, entonces usaría lentes oscuros, y si eso tampoco servía, entonces inventaría que choqué otra vez con la puerta del baño, o que Diego me aventó una silla que no fui capaz de esquivar... Un momento... ¿Y Jonathan por qué diablos sonreía?

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