jueves, julio 16

Con la esperanza de que no se tratara de él

--Y le dije que no podía, pero no le importó --explicaba Cassandra acerca de su última pelea con Rodrigo, por lo menos ahora sabía por qué había llamado a mi casa en vez de hablarme aquí--, sigue diciendo que tengo que encontrar una manera de ir.
--Es sólo una fiesta --espeté--. ¿No te parece tonto pelear por una fiesta?
--¡Es lo mismo que yo le dije! Pero sigue diciendo que es importante para él que lo acompañe.
--Si ya le dijiste que no, es no.
--Ay amiga, como si fuera tan fácil --dijo con una sonrisa formándose en su rostro--. Entiende que no todos tenemos la habilidad de hablar las cosas con todas sus letras.
--Pues a mí me resulta fácil.
--Pero tú eres...
--¿Rara?--la interrumpí--¿Demasiado extraña para encajar? Pues no es para tanto, pero sí, soy rara.
--No, Violeta, yo me refería a que a ti no te importa quedar bien con las personas.
--Ah... eso.

La risa de Casandra siempre me había parecido melodiosa. Era como si sus cuerdas vocales se alinearan para emitir un sonido perfectamente afinado. Cuando se reía, por alguna extraña razón, siempre venía a mi mente una lámina de oro... siempre pensé que si el oro tuviera risa, sería como la de Casandra.

Mi amiga no era tan alta, medía un metro cincuenta y era muy delgada. Tenía el cabello liso y teñido de negro, porque odiaba hasta el tuétano su castaño claro natural. Su piel era tan blanca como la mía e, igual que a mí, se le notaban las venas de los brazos y el cuello. Era bonita. Sus ojos eran grandes y muy azules; yo siempre miraba sus ojos de manera casi grosera, pero es que ese azul llamaba mucho la atención.

Caminamos a lo largo del blanco pasillo hacia la clase de anatomía, que tomábamos juntas. Una de esas cadenas de pensamiento me llevó a recordar la fuente del acuerdo. De pronto, la nota que estaba en el fondo de la mochila se hizo tan presente como si pesara cien kilos y despidiera un olor a azufre, de esos que no se pueden ignorar. Casi inconscientemente, mi mano derecha se alzó hasta tocar la base de la mochila y me detuve en seco.

--¿Violeta, estas bien? --preguntó Casandra luego de sacudirme varias veces.

El miedo llegó a mí de nuevo, tan molesto como el humo de cigarrillo e igualmente apestoso. Experimenté de nuevo aquella sensación de estar siendo asfixiada, podía sentir sus dedos alrededor de mi garganta, presionando con alevosía. Otro ataque de pánico.

Comencé a toser descontroladamente y Casandra me apoyó en la pared más próxima.

--Vio --su voz sonaba angustiada y quería decirle que estaba bien, pero no podía--. ¡Violeta! ¿Estás bien, cariño? Violeta, dime donde está tu inhalador.

No necesitaba el inhalador. Era un ataque de pánico, no de asma. Poco a poco fui sintiendo cómo se aflojaban sus dedos y me liberaba lentamente, incluso escuché su risa y su voz me pareció tan temible como repulsiva. ¿Y si era él? ¿Y si estaba aquí de nuevo y venía a terminar su trabajo? Pero, de ser él de nuevo, ¿habría utilizado el método del admirador secreto por segunda vez? Él era inteligente. Tanto que había permanecido libre hasta aquel momento, así que no era posible que fuera él.

La idea me tranquilizó y su risa se desvaneció tan rápido como había llegado.

Miré a Casandra, totalmente avergonzada. Sus ojos azules estaban entrecerrados y su rostro desfigurado con una fea mueca de angustia. Lo único que fui capaz de hacer fue sonreír y ella me golpeó fuertemente en el brazo.

--¡No vuelvas a hacer eso, Violeta!
--Lo siento... me pasa a veces.

Casandra estaba enojada y preocupada al mismo tiempo. Me echó una mirada antes de comenzar a andar con paso firme en dirección al aula.

Me asusté de nuevo. Diego debía saber que el pánico había regresado... hacía más de un año que esto no sucedía. Se suponía que tenía que decirle a mis padres, o eso me había dicho el psiquiatra cuando dejé de soñar con lo sucedido, pero en ese entonces yo confiaba en mis papás, ahora no.

Y, sin embargo, ahora sí sentía la necesidad de ir a dejar esa carta junto a la fuente.

Eché a correr hacia la salida de la escuela y subí al bus que me llevaría a la universidad, que quedaba exactamente a tres minutos de donde yo me encontraba. Sabía dónde estaba la facultad de medicina, había ido mil veces para darme ánimos cuando me preguntaba la razón de seguir estudiando tanto. Si quería entrar a la facultad, tenía que mantener mi promedio.

En cuanto llegué al ya mencionado lugar, miré alrededor para ver si podía adivinar quién era el chico; tenía la esperanza de reconocerlo a él (en caso de que de él se tratara), lo suficientemente rápido para huir con gran ventaja.

Chicos con batas, libros y parejas felices fue todo lo que pude captar. Nada peligroso. Corrí a la fuente y metí el trozo de papel en una hendidura donde estaría a salvo del agua. Era probable que nadie la encontrara, pero tambien era lógico que quien la esperaba me estuviese vigilando en este momento.

Regresé a la preparatoria a pie. Llegué tarde a la clase de anatomía y la profesora Valencia me llamó la atención. Casandra me preguntó mil veces si estaba bien y luego de cada respuesta de mi parte, me sermoneaba dicendo que no la asustara así jamás.

Los recuerdos estaban regresando. Y Diego tenía que saberlo.

1 encontraron un motivo para comentar:

Leonard dijo...

la forma de describir los sucesos de un acto, son muy sorprendentes, en mi, es esto lo que mas me cuesta, o será que mi forma de escribir es muy diferente a la tuya y anhelo ser mas directo, bueno sea como sea, me ha encantado, un abrazo.^^

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